Me había preparado para ser papá desde dos años y medio antes de la gestación; pero aun así los nervios una noche antes de la cesárea eran incontrolables. Obviamente no pude dormir y llegué al hospital a las 7 am en punto con mi mamá que me ha acompañado siempre incondicionalmente en el proceso.
Al hospital también iban Billie, mi gestante, y su esposo, con quienes hasta el día de hoy hemos formado lo que nos gusta llamar una familia moderna. Cuando me avisaron que nos pondrían la ropa para entrar al quirófano las piernas me temblaban, la ropa parecía de astronauta y tenía razón de ser así porque yo estaba a punto de viajar a la luna.
Después todo pasó muy rápido, el tiempo en el quirófano se volvieron segundos, y de repente, un llanto, el de mi hijo. No existen palabras para describir lo que sientes en ese momento, es como si un cúmulo de emociones que tenías guardadas y no sabías que existían se desbordaran dentro de ti.
Me acerqué a él, me dijeron que estaba perfecto, comencé a hablarle, reconoció mi voz al segundo, lo cual me sorprendió porque todo el embarazo, exceptuando los ultrasonidos, estuvimos a kilómetros de distancia; tomó mi dedo y desde entonces hemos sido inseparables.
Yo había leído todos los libros de paternidad, había tomado todos los cursos habidos y por haber, pero nada de eso importó en ese momento, sólo existía el instinto humano más básico y hermoso de amor y protección a mi hijo. Curiosamente, todos los miedos que tenía se disiparon, un interruptor que hasta entonces estuvo apagado se encendió y mi intuición comenzó a susurrarme cómo debía cargarlo, cómo debía darle de comer, cómo arrullarlo.
A dos meses de distancia, platicar o escribir acerca de ese día me conmueve muchísimo, revivir las emociones es maravilloso y recordar siempre que debemos escuchar esa pequeña voz que es la intuición, ha sido el regalo más grande para criar a lo que más amo en el mundo, a mi querido hijo.
- Papá Soltero

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